por Arturo Sarmiento

                                    I

Abatidas las campanas,

Sus repiques se amotinan en la medianía del espanto.

El fuego no afina su mirada, dispara a la montaña.

Su arco un dolor atravesando la boca del estómago,

Sus dardos,

Afiladas llamas que no entienden la aflicción de la implorada cordura.

El bosque estalla.

La lumbre vuela liviana y multicolor.

En roja en las entrañas del árbol caído y arrinconado,

Azulada en la mañana sumida en el estertor del agraviado paisaje,

Pardo como los cardos que incitan a resistir.

La lumbre asciende siniestra.

Rabia bífida de la naturaleza,

Construyendo sus propios torres paralelas.

Con gravedad estrujante, instiga:

“Ascendamos a la cubre verde.

El nuevo Tezcatlipoca viste hoy sus obscuras galas.

Unjámoslo como el Dios nuestro aliado,            

Ahora que el tiempo precisa una corona de humo”

Sus palabras se encajan en el pecho del crepúsculo,

Como aura crespa y sediciosa.

Mis pies no se mueven.

Ya no son soldados para esta guerra.

 

                                    II

El fuego revuelca la esperanza.

La arrastra por candentes cuestas para que no despierte.

Escuchamos el sufrimiento humeante de aquellos riscos.

Chillan como animales de matadero,

Se derriten como ámbar empecinado.

Hechicera dilecta de caos,

La lumbre te enamora suave.

   Preparas la huida

Te dice que eres luz y furia,

   Dejas a un lado el valor y la promesa incumplida

Te golpea con el escepticismo de urgencia nueva.

   Mientras buscas mendrugos de verdad en sus palabras.

 

                                    III

Atrapado en la mesiánica zozobra de su duelo,

En la mañana postrera

Bajará al la cumbre

Aspirará el daño silencioso,

Rehusará posarse sobre la inerte ceniza.

Acosado por las culpas,

Querrá ser dorado, alucinógeno y benigno,

Pero, extenuado y gris,

Terminará siendo el mismo sol tibio de cada día.